(Diario de un libro)

(Diario de un libro)

 

Voy muy lento, con la tabla de surf en el techo, el coche repleto y la sal impregnada en mi piel y en mi espíritu recién salido de la playa…

Voy tarareando sobre el altavoz “… tengo un dólar en la mano, un dolor en el pecho y mis bolsillos llenos de arena…”. Me siento muy identificado con ella aunque no me encuentro triste, la verdad, porque el simple hecho de cantar y poder mirar las cosas con perspectiva me hacen sentirme acorde con la realidad…

Me hacen sentirme en el camino.

Mientras, los coches me siguen pasando a toda leche incluso en los mejores paisajes. Parece que compiten por llegar lo antes posible montados en su potente idea de ganar tiempo y no sé qué otro tipo de trofeo. El ganador, eso seguro, es quien antes pierde la vista.

Lo peor de no mirar el paisaje es que, de no mirarlo, acaba despareciendo…

Esto me recuerda a mis paseos por el bosque viviendo en la naturaleza. Nunca me encontré a nadie. La última noticia que tuve es que lo iban a talar por completo con la excusa de volverlo a repoblar.

La razón, en realidad, es que no hay casi nadie que lo contemple, respire, disfrute, respete… Parece que la naturaleza se vuelve en pura utilidad cuando el hombre, desalmado, la ignora en el mismo proceso de ignorarse a sí mismo.

Volviendo a la carretera me resulta imposible no recordar aquella gran película “Una historia verdadera” de aquel anciano que se recorría medio Estados Unidos para visitar a su hermano, que estaba enfermo terminal. Y lo hacía en un tractor.

Y la historia de la película, su camino, se convertía en todo un viaje interno que, de ninguna manera, podría haber hecho a más de 60 kilómetros por hora.

Así que correr no siempre es llegar más lejos. Más bien, es otro sofisticado y tuneado disfraz que se pone la huida.

Y vuelvo a mi coche donde tengo los bolsillos llenos de arena, un puñado de hojas de mi nuevo libro y mil más escritas con mi propia vida en este último año.

Ahora, con la distancia, me doy cuenta de que hay un nivel de sufrimiento donde uno pierde el sentido. Y eso es, precisamente, lo que encontré en mis últimos meses allí; hay un significado para seguir más allá de la pérdida de sentido, para seguir más allá de la desesperanza.

Un viaje tan duro me ha hecho temer por si podría perderme para siempre. Pero, de repente, todas las señales me indicaron que estaba en la senda correcta. Más fuerte, más sano y, por lo tanto, más humilde ante la inmensidad.

Miro el retrovisor y pienso que es increíble cómo el destino me ha tratado desde que tomé la decisión de volver a la ciudad. Me han ocurrido mil cosas fascinantes antes de irme y otras tantas prodigiosas al llegar. Todas ellas producto de atravesar el espejo.

Pero eso forma parte ya de otra página del diario…

 

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