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He de confesar que tras leer mi primer mensaje publicado aquí, “En Tierra”, me quedé un poco desarbolado. Estaba de mala leche, lo confieso (ya desde el título quedaba bastante claro: “Estamos aquí para hablar del puto tiempo“). Aunque sigo estando de acuerdo con lo anterior, también pienso que este mensaje tenía dos caras y yo empecé por la cruz.

Mirando hacia el otro lado, puedo decir estoy muy lejos de pensar que todo está perdido. Así que, mi segundo mensaje sobre la Tierra, por si alguien se encuentra con él, es que hay que mantener la esperanza (más en estos días en que vemos al diablo subiendo a su trono y al poeta descendiendo a su tumba). De hecho, de eso depende el cambiar nuestro rumbo a tiempo.

Hay una mayoría abrumadora de razones para confiar en el  futuro. Es difícil de creer, lo sé, porque ser consciente de nuestro potencial supone nadar contra toda una corriente de poderes; básicamente no interesa que tengamos esperanza porque las personas esperanzadas son gente que quiere y puede cambiar el mundo.

En el lado contrario, la gente sin esperanza no recicla porque “¿Para qué si la naturaleza se extingue igualmente?”, “Para qué voy a ir en bici si la mayoría va a seguir yendo en coche?”, “¿Para qué voy a ayudar a los niños hambrientos si se van a seguir muriendo?”, “¿Para qué voy a salir a la calle a protestar pacíficamente si no va a servir de nada?”, “¿Para qué votar si todo va a seguir igual?”… Y muchas, muchas otras preguntas de desesperanza con la que, demasiado a menudo, nos dejamos llevar.

Nos invaden con malas noticias día tras día. Cuanto más negativas, más audiencia tienen. Y no es que el hombre necesite malas noticias para sobrevivir (más bien al contrario) sino que, a través del miedo, nos hacen adictos a ellas.

Nos están diciendo que estamos en constante peligro no vaya a ser que salgamos del redil. De ahí que algo tan cotidiano como una borrasca pase a llamarse ciclogénesis explosiva. De la misma forma, las malas noticias también nos alertan del decrecimiento, nos advierten que si hoy ralentizamos la máquina del consumo mañana lloverán todos los peces del apocalipsis. El único camino correcto es la globalización salvaje y cualquier otro desvío, nos dicen, nos llevará directos al abismo… Una y otra vez nos señalizan todo esto, pero cada vez resulta más evidente que el camino para evitarlo es exactamente el contrario.

No necesitamos su burdo teatro de intereses para comprender el mundo y así poder preservarlo. Ya lo decía Bob Dylan: “No necesitamos al hombre del tiempo para saber de dónde sopla el viento”.

Hay muchas formas de evitar el desastre, de mantener la lucha pacífica a pesar de que nos quieren dar la impresión de que las acciones individuales no sirven de nada. A pesar de que añadimos otra gran piedra a nuestra mochila: la culpa.

Por eso aquí establecería una segunda suposición: supongamos que uno se mira a sí mismo y ve que cuida el medio ambiente en la medida que puede, consume con cierto grado de responsabilidad (cada vez se abren más caminos para ello), ayuda al prójimo (aunque sea en su radio cotidiano), no come demasiada carne por los nefastos efectos en el medio ambiente (y en la salud), no ve televisión basura por evidentes trastornos morales y mentales… y un muy largo etcétera de pequeñas acciones que ya mencionaré más adelante.

Si, en el margen de sus posibilidades, uno trata de hacer el mundo un poco mejor… ¿En qué medida se puede sentir culpable? Uno debería enorgullecerse por cumplir su parte, por hacer en nuestra medida (que no es poca) un mundo mejor. Está claro que si uno cumple con su parte proporcional, la única razón para no sentirse ilusionado es la desesperanza.

¿Y si los demás no cumplen su parte? Pienso que ese punto de partida es erróneo; uno no debe luchar condicionado por si su acción tendrá éxito o a si será seguida por el resto. De hecho, es cuando una mayoría se encamina a una lucha anónima cuando los cambios hacia una sociedad más democrática y más justa son posibles. Además de que, sin duda, la colectividad en esa lucha surge, de forma espontánea, en el camino.

Por poner un ejemplo cotidiano, en una empresa pongamos de telemarketing (ámbito que, por desgracia, conozco bastante bien), con sueldos paupérrimos, derechos cada vez más exiguos, condiciones más lamentables… etc., hay una propuesta para hacer una huelga más que justificada. Entonces es cuando surgen las excusas de siempre:

“Yo paso que me quitan cincuenta euros”… Hace cien años cuando el mundo era mucho peor, muchos hicieron huelgas y movilizaciones cuando no tenían casi ni para comer, muchos otros se dejaron incluso la vida. Sobre los derechos que hoy nosotros disfrutamos hay mucho sudor y mucha sangre y ahora nuestro deber es, por lo menos, mantenerlos. ¿Son cincuenta euros suficientes para renunciar esa enorme herencia?

“La huelga no sirve de nada”. ¿Sirve de algo convertirte en un esclavo de todo lo que te impongan?… Dicen que no sirve de nada pero en verdad saben que el problema es que presuponen que otros pensarán como ellos y eso es, precisamente, lo que no sirve de nada, eso es lo que inutiliza todo movimiento. Si uno se va a preocupar por lo que hace el resto lo mejor sería preguntar: “¿Qué ocurriría si la inmensa mayoría hiciéramos la huelga?”

Es un sistema de inacción bastante calcado a cuando se habla de la ayuda al Tercer Mundo; que si no llegará a quien tiene que llegar, que si es para limpiar la conciencia de Occidente, que si BLA BLA BLA… Los niños se siguen muriendo y por eso hay que buscar razones para actuar, no excusas para no hacer nada. Y, sinceramente, aun considerando que quizás no acabemos con el hambre en el mundo, ¿no es suficiente recompensa salvar a un solo ser humano?

Con la política, pues bueno, lo mismo. Los políticos están encantados en que dejemos todo en sus manos, en que sigamos aquella máxima tan despótica, y en verdad tan moderna, de “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Es bajo este otro disfraz tan volátil como tratan de vendarnos los ojos.

Sin embargo, la verdad es que toda lucha merece la pena, toda vez que salgas a la calle por lo que creas justo, cualquier acción de protesta, cualquier reivindicación de un mundo mejor supone un paso hacia adelante. Estamos demasiado acostumbrados a medir todo con números. Por eso, toda protesta que no sea multitud es considerada un fracaso. Es como si consideramos que una canción, por muy buena que sea, es un fiasco si no llega a estar en entre las 40 principales (es curioso porque, además, el criterio de calidad suele ser inversamente proporcional)…

free-hugs-vPero la fuerza de la lucha en la calle, como el efecto de una buena canción es tan poderoso como inmedible. Me voy a un ejemplo aún más reducido: cuando te embarcas en la simple lógica de hablar o discutir de cómo va el planeta en el que vives, o te preguntas cualquier aspecto de la existencia, es entonces cuando surge el sarcasmo de turno: “Ya están éstos arreglando el mundo”. Pero, siguiendo ese mismo razonamiento, ¿qué ocurriría si todos hicieran lo mismo, aunque fuera tan sólo una vez por semana? Una hora menos de telebasura y de memebasura y una hora más de conversación sobre el mundo (preferiblemente en vivo pero también a través de las tecnologías, el caso es tenerla). Ese simple cambio movería montañas de mejoras.

En este sentido, siempre me ha fascinado este diálogo entre Herny y Míster Bones, el vagabundo y el perro protagonistas del libro “Tumbuctú”, de Paul Auster: “Eso es lo que siempre he soñado, Míster Bones. Mejorar el mundo. Llevar un poco de belleza a los grises y monótonos rincones del alma. Se puede hacer con un tostador, con un poema y se puede hacer tendiendo la mano a un desconocido. Da igual cómo se haga. Dejar el mundo un poco mejor de cómo lo has encontrado. Eso es lo máximo a que puede aspirar un hombre”.

Así que la buena noticia no es sólo que hay esperanza o que la esperanza se suma sino que, más bien, la esperanza se multiplica. Por eso, cada vez veo más gente que compra de huertos ecológicos, más bicis en las calles, cada vez veo más productos de comercio justo en los  supermercados, más gente leyendo, más personas que sostienen las puertas para que salga el siguiente, cada vez veo más acciones individuales que cambian el mundo incluso desde lo más cotidiano.

Hay que continuar, queda mucho por hacer. De hecho, todo lo que está ocurriendo en los últimos tiempos no es porque los radicales estén avanzando, es porque la sociedad está apática ante los problemas globales, desesperanzada ante la posibilidad de luchar por un mundo mejor y ese espacio lo están ocupando los pensamientos radicales, racistas,  fanáticos…
Como en aquel dicho, estamos repitiendo la Historia que ignoramos. Aquella que, en un pasado, fue indiferente a los horrores hasta el punto de que el Horror lo invadió casi todo.

Como ese otro gran proverbio infernal decía: “Aquel que desea y no actúa genera la plaga” (William Blake). Por tanto, es la inacción frente al mal, más que la colaboración, lo que genera la plaga.

La esperanza está en frenar el proceso, en incontables acciones para salir del letargo, desde no usar el váter como si fuera una papelera hasta salir a la calle a luchar pasando por ayudar al vecino,  cuidar el campo, no ir a cárceles de animales, desintonizar Telecinco, abrazar más a menudo…

Aquí hay otra buena señal: los “tarados” que van dando abrazos por la calle a cambio de nada. Para mí son como un oasis en una sociedad que parece levantarse mecánicamente, día a día, para vender su alma en nombre de sacar tajada del resto. De hecho, hay algo que me sorprende aún más que los que abrazan gratis; me sorprenden más los que, al abrazar y ser abrazados de forma desinteresada, se ponen a llorar. Hasta ese punto necesitamos sentir de nuevo que somos seres humanos.

También me encanta encontrarme con el anuncio de la campaña “Living for others” que dice: “Número de personas necesarias para cambiar el mundo: UNO”

Por eso da igual los muros que construyan, volveremos a derrumbarlos. Uno a uno, ladrillo a ladrillo. La fe tiene la fuerza de lo invisible, la esencia frente a las matemáticas, lo contable, lo reducible. La fe que mueve montañas fácilmente tira murallas.

Ya lo decía el zorro, sabio amigo del Principito, “lo esencial es invisible a los ojos” y la esperanza, como fuerza invisible que es, también es indestructible.  Y cuanto más anónima más invencible.

(Y entonces el poeta reirá desde el otro lado cuando el diablo maldiga la caída de su último muro)


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