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Mientras pensaba estos días en este artículo y en el anterior me venía a la mente, una y otra vez, la imagen del protagonista de la película “All is lost”. Un hombre anónimo, ya bastante mayor, (casi) único personaje de toda la película, naufraga en medio del Océano Índico y queda a la deriva en su pequeña balsa hinchable. Tras muchas penurias para sobrevivir en altamar, una noche ve a lo lejos una luz que luego resulta ser un barco enorme que se acerca hacia él. Creyéndose prácticamente salvado, grita,  mueve los brazos, tira una bengala… Esto le ocurre dos veces y la segunda llega incluso a quemar su propio bote.

No sirve de nada. Frente a él pasa de largo un mastodóntico trasatlántico de mercancías sin rastro de humanidad, una gigantesca máquina carente de oídos y muy lejos de ser una salvación. Una cruda pero brillante metáfora del hombre de hoy frente al poder de las multinacionales, frente a las siglas sordas, frente a entidades descomunales sin ninguna empatía por la naturaleza humana y que pertenecen a una máquina global a la que, en el fondo, le interesa muy poco el destino del hombre.

Pensaba, también, en aquella anciana (una de tantas) que lloraba al perder su casa. Se la quitó un mastodóntico banco y ella se quedó a la deriva sin que nadie, desde allí arriba, escuchara su desesperada plegaria, su hambre de piedad, su grito de socorro… Igual que se ignora el quejido del ciudadano que vive agobiado laboralmente, aplastado por la corrupción y harto de abuso de los poderes ante los que se convierte en poco más que un diminuto espectador.

Han venido a mi mente también siglas gigantescas del tipo FMI, BCE, OPEP… que, pese a que nos gobiernan cada vez más, no son de ninguna manera democráticas ni elegidas por ningún pueblo (de hecho, uno duda a veces de que estén tripuladas por algún ser “humano”).

Pero mientras, curiosamente, nos inculcan el miedo al cambio. Nos hundimos en promesas, fórmulas falaces, entretenimientos para mirar a otro lado… Nuestro gran enemigo, el pasto para el miedo, es precisamente la desinformación y la manipulación que muchos de los grandes medios ya apenas pueden sostener. Por eso pienso que quien está bien informado se distingue del resto porque lo único que teme es, precisamente, que todo siga como está.

La Lotocracia
Para mí la mayor prueba de que vivimos en una falsa democracia es la enorme incertidumbre que nos acompaña a la hora de votar: “A ver cómo lo hace este”, “A ver  si no nos roba”, “A ver si no nos mete en una guerra”, “A ver si no se arrodilla ante poderes no democráticos”… Como si cada cuatro años fuéramos a jugar a la gran lotería de la “democracia”. Un juego en el que, en el fondo, nos acabamos por sentir perdedores. De ahí que cada vez juguemos menos.

Y es que, por mucho que la naturaleza humana pueda inclinarse al bien, si concentras demasiado poder político y económico en pocas manos, el hombre siempre tiende a corromperse, aumentar sus límites y a perpetuarse en ellos. De ahí casi todos acaben gobernando prácticamente de la misma forma y sirviendo a los mismos amos. La única solución, por tanto, es delimitar el poder, hacerlo más local y más representativo. Debemos demandar a los partidos políticos ese cambio pero es probable que la simple exigencia no valga de mucho…

¿Qué podemos hacer?
El consumo local es una de las claves para conseguir una sociedad más democrática que reparta el trabajo y el poder de forma cercana puesto que significa que no dependemos tanto de las especulaciones de organizaciones inhumanas.  Además, supone un consumo mucho más sano para el ser humano a nivel personal y medioambiental (más abajo pondré enlaces concretos). Porque lo cierto es que es un hecho que las multinacionales nos están envenenando por tierra, mar y aire. Lo predicho para dentro de décadas ya está ocurriendo hoy.

Por dar un dato, de tantísimos que surgen cada día, los cánceres de cerebro y la leucemia están creciendo a un ritmo anual del 1% al 3% por ciento entre los niños según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Así que es hora de practicar otros modos de consumo que incentiven otros modos de producción.

La galardonada periodista Marie-Monique Robin advertía eso hace unos años que el veneno que nos dan en la alimentación está relacionado directamente con todo tipo de enfermedades, desde la infertilidad de las parejas a las alergias, pasando de forma definitiva por el cáncer. Aparte de los agentes perjudiciales que se admiten, muchas hormonas sintéticas presentes en los fertilizantes y pesticidas no suelen detectarse en los análisis toxicológicos pese a ser tremendamente dañinas para el organismo.

También la OMS advirtió de la vinculación directa entre el excesivo consumo de carne roja y el cáncer (muy evidente tiene que ser para atreverse a afectar a una industria tan fuerte como la de la carne). Por supuesto, también es algo nefasto para la Tierra (contamina más que el transporte, deforestación, enorme gasto de agua, condiciones terribles para los animales…).

Como alternativa, sorprende a cualquiera que lo pruebe hasta qué punto la carne es sustituible por la soja texturizada (ecológica) que también tiene muchísima proteína pero es mucho más sana.

¿Dónde comprar alimentos sanos y justos?
Sólo la agroecología puede salvar nuestro planeta y sólo ella puede garantizar el suficiente alimento para todo el mundo. Hay que acortar la cadena alimentaria; cuantos menos intermediarios y menos distancia haya, más saludable se convierte en todos los sentidos. Existen ya muchas formas de hacerlo, unas te llevarán a otras, aquí te presento por ejemplo “La colmena que dice sí“. Hay repartidas en toda la península y toda Europa. Allí puedes encontrar una forma de consumir alimentos de forma sana, local y justa (puede ser presencial o a través de pedidos online). Además te ayudan a formar tu propio local sostenible si así lo deseas. Se trata de comunidades locales donde, además, se pueden intercambiar opiniones y ayudar los unos a los otros.

El Banco Santander ocupando toda la portada de los principales periódicos. Que quede claro quien manda aquí…

Lo auténtico no es la manzana, sino el auténtico sabor a manzana
Para disimular la desinformación, los gigantes de la alimentación (tal y como los bancos se disfrazan de fuentes de felicidad), suelen ponerse el disfraz de lo natural, de lo auténtico. Por eso, muchas también presumen de sus causas benéficas aunque ni remotamente compensan lo que están haciendo en el lado contrario.

Coca Cola, Pepsi, Danone y Nestlé  (en una dura competencia) son las empresas más contaminantes del planeta. Pese a que sus lemas recen lo contrario (“Destapa la felicidad”), si basamos todas nuestras compras en sus productos contribuimos siempre al empeoramiento de de nuestras sociedades.

De hecho, la industria alimentaria actual prevé una crisis debida a los precios del petróleo y al cambio climático que, según han admitido la mayoría de ellas, está afectando a sus producciones de tal forma que supondrá una subida de los precios del 44% en quince años.

Creo que gran parte de todo el proceso comienza cuando compramos el yogur sabor manzana, las patatas que contienen “aceite de oliva virgen”, la crema que contiene aloe vera, el detergente con el poder del limón… Flotamos entre anuncios que venden la parte, o la pequeñísima parte, por el todo. Pero la técnica funciona; la mayoría de la gente se decanta más por algo que sabe a manzana, o que incluso tiene trozos de manzana, que por una auténtica manzana.

Y el sabor es probable que sea magnífico pero que esté bueno no significa que lo sea. Somos adictos a la apariencia, a productos venenosos llenos de sustancias tóxicas provocan ese excelente sabor. En cuanto a su parte “sana”, ocurre un poco como las campañas benéficas de las grandes multinacionales. ¿Alguien se puede creer que unas patatas que comparten una y otra vez las mismas toneladas de aceite refrito puedan contener algo todavía virgen? En ambos casos ¿Dónde quedan los beneficios frente al aplastante perjuicio?

Se suele pensar que una manzana de verdad, caída del árbol, sin pesticidas, tiene un precio prohibitivo, pero no es así. Como demostraban en “Demain”, el precio real de la comida de la agroindustria está subvencionado de forma que no incluye la contaminación de las aguas, su contribución al efecto invernadero, la compensación por el aumento de enfermos crónicos…

“Si sumamos todos estos costes a los productos en origen, su precio subiría y serían más caros que los ecológicos…” dice también Marie-Monique que añade que eliminando intermediarios y finalistas el precio de los alimentos orgánicos se reduciría hasta en un 90%. En cuanto  a los costes medioambientales, no hay que olvidar que “del total de las emisiones, aproximadamente la mitad proceden de la producción de materiales agrícolas en sus cadenas de suministro” (Oxfam)

Adiós al vergonzoso oligopolio energético
Depender exclusivamente de petroleras es una auténtica ruina para el planeta, nuestros bolsillos y nuestras democracias. Siendo más concreto, nuestras compañías eléctricas nos van a seguir nos van a seguir chupando la sangre aunque las multen inútilmente desde Europa. Hay más de cuarenta políticos que han acabado ligados a las eléctricas. Los gobiernos han sido cómplices junto a ellos de privilegios y de obtener beneficios a base de esquilmar al ciudadano.

Por citar tan sólo el último de tantos síntomas, el pasado veinte de febrero supimos que, en mitad de la polémica por la inaudita subida de la luz, Iberdrola se apuntaba un bonus de 115 millones.

Pero ya existe una manera de esquivarlos tomando, además, una senda más natural y humana. Ya han surgido alternativas sostenibles en España, cooperativas y otras medidas que son rentables, renovables y respetuosas con el medio ambiente.

Las prendas de bajo precio y alto coste
La textil es la segunda industria más contaminante del planeta, solo por detrás del petróleo. Eso ya dice bastante del hecho de que comprar en empresas de low cost tipo Zara, H&M, Primark, Mango… supone primero un daño irreversible para el planeta, segundo un perjuicio para nuestra salud y tercero una garantía nula de que esa prenda nos vaya a durar.

Los motivos para evitar comprar en este tipo de establecimientos son aplastantes. Según publicaba el propio diario.es, el estudio publicado en The New York Times (2013, ‘Fashion at a very high price’), revelaba que mientras los límites legales de plomo en prendas y complementos se situaban en torno a las 300 partes por millón (ppm), numerosos objetos comercializados en estas empresas mostraban niveles superiores a las 10.000 ppm (en otros casos; sandalias naranjas: 25.000, zapatillas rojas: 30.000, cinturón amarillo: 50.000 ppm…). Al plomo habría que añadir otros tintes tóxicos como el mercurio y el arsénico.

Aparte de que evidentemente, las cuentas no salen y las condiciones laborales de quien elabora estas prendas son prácticamente esclavistas. Así que a nivel humano (propio y ajeno) está más que probado el daño de consumir en estas grandes marcas.

Rentable, durable, justo y sano
Para mí una de las herramientas básicas y más completas para comprar de forma responsable en  todos los ámbitos, también en el textil, es el buscador “Hacia otro consumo”

Para ser más específicos, aquí hay otras tiendas textiles. Servirán para cuidar el planeta y que tu ropa sea saludable y dure mucho más tiempo: Slow fashion next, dLana, Med winds, The Circular Project, Mochilas Hemper, Green Life Style, Mireia Playa

“People have the power”  (Patti Smith)
Consideremos a las grandes multinacionales como entidades que tienen legitimidad para buscar su negocio por encima de todo. Decimos que no son una ONG, que están aquí para ganar dinero por encima de todo, que tienen que mantener o aumentar márgenes, que es algo que pertenece a su lógica comercial. Con muchas reservas, ese argumento se mantendría si estos mastodontes de la economía no fueran también dirigentes de la política.

Porque entonces todos somos llamados a obedecer esa lógica de los gigantes económicos, lo cual significa que cada vez habrá más paro, menos salarios y más esclavismo. Sus beneficios nunca serán suficientes y su burla a la justicia será constante. El caso de Coca-Cola lo ha dejado muy claro.

No pueden recibir ni la más mínima competencia y por eso se disfrazan también ahora de rurales y ecológicos, pero sólo quieren engullir cualquier alternativa; el negocio sigue siendo vertical y llega a muy pocos bolsillos.

Por eso nos ponen tan difícil emprender un auténtico negocio local (a no ser que seas chino, cuyas facilidades impositivas hacen que proliferen tanto), por eso las zancadillas constantes a los autónomos, por eso las grandes empresas evaden impuestos y tienen beneficios que el pequeño empresario o agricultor no puede ni soñar. Por eso, nuestra exigencia respecto al poder debe materializarse en una ayuda mutua a la hora de consumir. No hay que olvidar que nosotros, como cantaba Patti Smith, “Tenemos el poder de soñar, tenemos el poder de gobernar”.

Por eso, la próxima vez que compremos en un gran multinacional deberíamos pensar si realmente nos va a salir más barato, si nos va a durar más, cómo va a contribuir al medio ambiente… Quizás entonces no podamos presumir ni de su escaso precio ni de la buena imagen que da de nosotros.

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Artículo siguiente: (Conflicto catalán) El mismo credo con distinto señuelo

 

Mientras pensaba estos días en este artículo y en el anterior me venía a la mente, una y otra vez, la imagen del protagonista de la película “All is lost”. Un hombre anónimo, ya bastante mayor, (casi) único personaje de toda la película, naufraga en medio del Océano Índico y queda a la deriva en su pequeña balsa hinchable.

Tras muchas penurias para sobrevivir en altamar, una noche ve a lo lejos una luz que luego resulta ser un barco enorme que se acerca hacia él. Creyéndose prácticamente salvado, grita,  mueve los brazos, tira una bengala… Esto le ocurre dos veces y la segunda llega incluso a quemar su propio bote.

No sirve de nada. Frente a él pasa de largo un mastodóntico trasatlántico de mercancías sin rastro de humanidad, una gigantesca máquina carente de oídos y muy lejos de ser una salvación. Una cruda pero brillante metáfora del hombre de hoy frente al poder de las multinacionales, frente a las siglas sordas, frente a entidades descomunales sin ninguna empatía por la naturaleza humana y que pertenecen a una máquina global a la que, en el fondo, le interesa muy poco el destino del hombre.

Pensaba, también, en aquella anciana (una de tantas) que lloraba al perder su casa. Se la quitó un mastodóntico banco y ella se quedó a la deriva sin que nadie, desde allí arriba, escuchara su desesperada plegaria, su hambre de piedad, su grito de socorro… Igual que se ignora el quejido del ciudadano que vive agobiado laboralmente, aplastado por la corrupción y harto de abuso de los poderes ante los que se convierte en poco más que un diminuto espectador.

Han venido a mi mente también siglas gigantescas del tipo FMI, BCE, OPEP… que, pese a que nos gobiernan cada vez más, no son de ninguna manera democráticas ni elegidas por ningún pueblo (de hecho, uno duda a veces de que estén tripuladas por algún ser “humano”).

Pero mientras, curiosamente, nos inculcan el miedo al cambio. Nos hundimos en promesas, fórmulas falaces, entretenimientos para mirar a otro lado… Nuestro gran enemigo, el pasto para el miedo, es precisamente la desinformación y la manipulación que muchos de los grandes medios ya apenas pueden sostener. Por eso pienso que quien está bien informado se distingue del resto porque lo único que teme es, precisamente, que todo siga como está.

La Lotocracia
Para mí la mayor prueba de que vivimos en una falsa democracia es la enorme incertidumbre que nos acompaña a la hora de votar: “A ver cómo lo hace este”, “A ver  si no nos roba”, “A ver si no nos mete en una guerra”, “A ver si no se arrodilla ante poderes no democráticos”… Como si cada cuatro años fuéramos a jugar a la gran lotería de la “democracia”. Un juego en el que, en el fondo, nos acabamos por sentir perdedores. De ahí que cada vez juguemos menos.

Y es que, por mucho que la naturaleza humana pueda inclinarse al bien, si concentras demasiado poder político y económico en pocas manos, el hombre siempre tiende a corromperse, aumentar sus límites y a perpetuarse en ellos. De ahí casi todos acaben gobernando prácticamente de la misma forma y sirviendo a los mismos amos.

La única solución, por tanto, es delimitar el poder, hacerlo más local y más representativo. Debemos demandar a los partidos políticos ese cambio pero es probable que la simple exigencia no valga de mucho…

¿Qué podemos hacer?
El consumo local es una de las claves para conseguir una sociedad más democrática que reparta el trabajo y el poder de forma cercana puesto que significa que no dependemos tanto de las especulaciones de organizaciones inhumanas.  Además, supone un consumo mucho más sano para el ser humano a nivel personal y medioambiental (más abajo pondré enlaces concretos).

Porque lo cierto es que es un hecho que las multinacionales nos están envenenando por tierra, mar y aire. Lo predicho para dentro de décadas ya está ocurriendo hoy.

Por dar un dato, de tantísimos que surgen cada día, los cánceres de cerebro y la leucemia están creciendo a un ritmo anual del 1% al 3% por ciento entre los niños según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Así que es hora de practicar otros modos de consumo que incentiven otros modos de producción.

La galardonada periodista Marie-Monique Robin advertía eso hace unos años que el veneno que nos dan en la alimentación está relacionado directamente con todo tipo de enfermedades, desde la infertilidad de las parejas a las alergias, pasando de forma definitiva por el cáncer.

Aparte de los agentes perjudiciales que se admiten, muchas hormonas sintéticas presentes en los fertilizantes y pesticidas no suelen detectarse en los análisis toxicológicos pese a ser tremendamente dañinas para el organismo.

También la OMS advirtió de la vinculación directa entre el excesivo consumo de carne roja y el cáncer (muy evidente tiene que ser para atreverse a afectar a una industria tan fuerte como la de la carne). Por supuesto, también es algo nefasto para la Tierra (contamina más que el transporte, deforestación, enorme gasto de agua, condiciones terribles para los animales…).

Como alternativa, sorprende a cualquiera que lo pruebe hasta qué punto la carne es sustituible por la soja texturizada (ecológica) que también tiene muchísima proteína pero es mucho más sana.

¿Dónde comprar alimentos sanos y justos?
Sólo la agroecología puede salvar nuestro planeta y sólo ella puede garantizar el suficiente alimento para todo el mundo.  Hay que acortar la cadena alimentaria; cuantos menos intermediarios y menos distancia haya, más saludable se convierte en todos los sentidos. Existen ya muchas formas de hacerlo, unas te llevarán a otras, aquí te presento por ejemplo “La colmena que dice sí“.

Hay repartidas en toda la península y toda Europa. Allí puedes encontrar una forma de consumir alimentos de forma sana, local y justa (puede ser presencial o a través de pedidos online). Además te ayudan a formar tu propio local sostenible si así lo deseas. Se trata de comunidades locales donde, además, se pueden intercambiar opiniones y ayudar los unos a los otros.

El Banco Santander ocupando toda la portada de los principales periódicos. Que quede claro quien manda aquí…

Lo auténtico no es la manzana, sino el auténtico sabor a manzana
Para disimular la desinformación, los gigantes de la alimentación (tal y como los bancos se disfrazan de fuentes de felicidad), suelen ponerse el disfraz de lo natural, de lo auténtico. Por eso, muchas también presumen de sus causas benéficas aunque ni remotamente compensan lo que están haciendo en el lado contrario.

Coca Cola, Pepsi, Danone y Nestlé  (en una dura competencia) son las empresas más contaminantes del planeta. Pese a que sus lemas recen lo contrario (“Destapa la felicidad”), si basamos todas nuestras compras en sus productos contribuimos siempre al empeoramiento de de nuestras sociedades.

De hecho, la industria alimentaria actual prevé una crisis debida a los precios del petróleo y al cambio climático que, según han admitido la mayoría de ellas, está afectando a sus producciones de tal forma que supondrá una subida de los precios del 44% en quince años.

Creo que gran parte de todo el proceso comienza cuando compramos el yogur sabor manzana, las patatas que contienen “aceite de oliva virgen”, la crema que contiene aloe vera, el detergente con el poder del limón… Flotamos entre anuncios que venden la parte, o la pequeñísima parte, por el todo. Pero la técnica funciona; la mayoría de la gente se decanta más por algo que sabe a manzana, o que incluso tiene trozos de manzana, que por una auténtica manzana.

Y el sabor es probable que sea magnífico pero que esté bueno no significa que lo sea. Somos adictos a la apariencia, a productos venenosos llenos de sustancias tóxicas provocan ese excelente sabor. En cuanto a su parte “sana”, ocurre un poco como las campañas benéficas de las grandes multinacionales.

¿Alguien se puede creer que unas patatas que comparten una y otra vez las mismas toneladas de aceite refrito puedan contener algo todavía virgen? En ambos casos ¿Dónde quedan los beneficios frente al aplastante perjuicio?

Se suele pensar que una manzana de verdad, caída del árbol, sin pesticidas, tiene un precio prohibitivo, pero no es así. Como demostraban en “Demain”, el precio real de la comida de la agroindustria está subvencionado de forma que no incluye la contaminación de las aguas, su contribución al efecto invernadero, la compensación por el aumento de enfermos crónicos…

“Si sumamos todos estos costes a los productos en origen, su precio subiría y serían más caros que los ecológicos…” dice también Marie-Monique que añade que eliminando intermediarios y finalistas el precio de los alimentos orgánicos se reduciría hasta en un 90%.

En cuanto  a los costes medioambientales, no hay que olvidar que “del total de las emisiones, aproximadamente la mitad proceden de la producción de materiales agrícolas en sus cadenas de suministro” (Oxfam)

Adiós al vergonzoso oligopolio energético
Depender exclusivamente de petroleras es una auténtica ruina para el planeta, nuestros bolsillos y nuestras democracias. Siendo más concreto, nuestras compañías eléctricas nos van a seguir nos van a seguir chupando la sangre aunque las multen inútilmente desde Europa.

Hay más de cuarenta políticos que han acabado ligados a las eléctricas. Los gobiernos han sido cómplices junto a ellos de privilegios y de obtener beneficios a base de esquilmar al ciudadano.

Por citar tan sólo el último de tantos síntomas, el pasado veinte de febrero supimos que, en mitad de la polémica por la inaudita subida de la luz, Iberdrola se apuntaba un bonus de 115 millones.

Pero ya existe una manera de esquivarlos tomando, además, una senda más natural y humana. Ya han surgido alternativas sostenibles en España, cooperativas y otras medidas que son rentables, renovables y respetuosas con el medio ambiente.

Las prendas de bajo precio y alto coste
La textil es la segunda industria más contaminante del planeta, solo por detrás del petróleo. Eso ya dice bastante del hecho de que comprar en empresas de low cost tipo Zara, H&M, Primark, Mango… supone primero un daño irreversible para el planeta, segundo un perjuicio para nuestra salud y tercero una garantía nula de que esa prenda nos vaya a durar.

Los motivos para evitar comprar en este tipo de establecimientos son aplastantes. Según publicaba el propio diario.es, el estudio publicado en The New York Times (2013, ‘Fashion at a very high price’), revelaba que mientras los límites legales de plomo en prendas y complementos se situaban en torno a las 300 partes por millón (ppm), numerosos objetos comercializados en estas empresas mostraban niveles superiores a las 10.000 ppm (en otros casos; sandalias naranjas: 25.000, zapatillas rojas: 30.000, cinturón amarillo: 50.000 ppm…).

Al plomo habría que añadir otros tintes tóxicos como el mercurio y el arsénico.

Aparte de que evidentemente, las cuentas no salen y las condiciones laborales de quien elabora estas prendas son prácticamente esclavistas. Así que a nivel humano (propio y ajeno) está más que probado el daño de consumir en estas grandes marcas.

Rentable, durable, justo y sano
Para mí una de las herramientas básicas y más completas para comprar de forma responsable en  todos los ámbitos, también en el textil, es el buscador “Hacia otro consumo”

Para ser más específicos, aquí hay otras tiendas textiles. Servirán para cuidar el planeta y que tu ropa sea saludable y dure mucho más tiempo: Slow fashion next, dLana, Med winds, The Circular Project, Mochilas Hemper, Green Life Style, Mireia Playa

“People have the power”  (Patti Smith)
Consideremos a las grandes multinacionales como entidades que tienen legitimidad para buscar su negocio por encima de todo. Decimos que no son una ONG, que están aquí para ganar dinero por encima de todo, que tienen que mantener o aumentar márgenes, que es algo que pertenece a su lógica comercial.

Con muchas reservas, ese argumento se mantendría si estos mastodontes de la economía no fueran también dirigentes de la política.

Porque entonces todos somos llamados a obedecer esa lógica de los gigantes económicos, lo cual significa que cada vez habrá más paro, menos salarios y más esclavismo. Sus beneficios nunca serán suficientes y su burla a la justicia será constante. El caso de Coca-Cola lo ha dejado muy claro.

No pueden recibir ni la más mínima competencia y por eso se disfrazan también ahora de rurales y ecológicos, pero sólo quieren engullir cualquier alternativa; el negocio sigue siendo vertical y llega a muy pocos bolsillos.

Por eso nos ponen tan difícil emprender un auténtico negocio local (a no ser que seas chino, cuyas facilidades impositivas hacen que proliferen tanto), por eso las zancadillas constantes a los autónomos, por eso las grandes empresas evaden impuestos y tienen beneficios que el pequeño empresario o agricultor no puede ni soñar.

Por eso, nuestra exigencia respecto al poder debe materializarse en una ayuda mutua a la hora de consumir. No hay que olvidar que nosotros, como cantaba Patti Smith, “Tenemos el poder de soñar, tenemos el poder de gobernar”.

Por eso, la próxima vez que compremos en un gran multinacional deberíamos pensar si realmente nos va a salir más barato, si nos va a durar más, cómo va a contribuir al medio ambiente… Quizás entonces no podamos presumir ni de su escaso precio ni de la buena imagen que da de nosotros.

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