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Supongamos que, de forma inesperada, uno tuviera que enfrentarse a sus últimos segundos de vida. Supongamos que, poco antes de ir al otro mundo, la muerte nos sostuviera un espejo en el que mirar brevemente hacia atrás. Supongamos, también, que repasáramos nuestras últimas conversaciones con nuestros seres más cercanos y no tan cercanos, con los seres queridos y los no tan queridos…

Entonces comprobaríamos que la mayoría de nuestras conversaciones habían sido una sarta de gilipolleces, de lugares comunes, de giros previsibles, de convencionales maneras de intercambiar la nada… Superficiales opiniones, por ejemplo, acerca del tiempo, acerca de si hace mucho frío en invierno y mucho calor en verano, sobre si las condiciones cambiarán o no más adelante, sobre si el año pasado el clima fue peor o si será así el siguiente… Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, estamos atrapados en la misma rutina de la marmota.

Como digo, una rutina repleta de temas superficiales, anodinos, incluso más intrascendentes que el propio clima, con los que llenar nuestra existencia. Por eso, si volvemos a los últimos momentos de nuestro propio ser moribundo, es muy posible que, al mirarnos en el espejo que sostiene la muerte, echáramos de menos ver conversaciones más profundas, contemplar una versión más sincera de nosotros mismos, haber podido irse de este mundo con, al menos, el regusto de haber hablado y escuchado de verdad una o dos veces vez al día.

Dudo, en cambio, que en ese espejo echáramos en falta el habernos procurado esa camiseta nueva, aquellas zapatillas tan de moda, ese coche reluciente del escaparate, aquel selfie tan medido en ese lugar tan envidable, aquellos miles de amigos tan instántaneos como solubles… Todo eso desparecería de ese último reflejo de nosotros mismos y, sin embargo, es curioso que, según vamos creciendo y acercándonos a ese espejo, nos vamos agarrando cada vez más a lo superficial, nos vamos cubriendo de materia inerte, cuanto más nueva y sistemática, mejor. En paralelo, en el plano inmaterial, nos envolvemos la mayoría del día en un intercambio de pensamientos formales, laborales, futiles, caducos, en un asimilado tratamiento para momificar nuestra mente.

Como síntoma, más que como esperanza. nos entregamos a sonrisas practicadas, a imágenes que muestran lo bien que nos va, lo mucho que gustamos y la cantidad de amigos que tenemos.

No es de extrañar que nadie quiera hablar de la muerte, nadie quiere verse en ese espejo tan puramente objetivo. Por eso, dentro de esa misma huída los muertos son ignorados. Como si mencionarlos supusiera una falta de respeto. Como si fingir que alguien nunca exisitió fuera, paradójicamente, la mejor manera de honrarle.

Cualquiera puede hacer la prueba; si quieres tener una converación profunda verás que pronto la mayoría batirán récords de velocidad, de desviación de conversaciones, de falsas ofensas, récord absoluto de cadáveres enterrados…

Por mi experiencia, la más habitual es “Yo me conozco perfectamente”. El gran muro. Un muro que, más que servir de soporte para esa pintada, fue construido por la propia pintada. Un epitafio esculpido día a día; “Yo me conozco perfectamente”. Lo leen con orgullo y entusiasmo, después dan media vuelta y vuelven a alejarse de sí mismos.

La primera causa de muerte violenta en el mundo es el suicidio. Estoy bastante seguro, al menos por mi experiencia, que la mayoría de las veces, los suicidas matan a un desconocido. Pero también estoy bastante seguro de que los suicidas son más víctimas que verdugos. La mayoría de las veces hererderos de una educación emocional analfabeta y nefasta. No son más que la arista, el iceberg de una sociedad incomunicada e impersonal.

Otros, en su huída proclaman “Siempre he sido así”. Como si la forma de ser de uno mismo fuera algo que a uno le pasa por encima, algo que uno mirar de lejos, algo que a uno le ha tocado, un destino escrito a golpe de Tarot y de llamadas de madrugada a dos euros el minuto. Como si la magia no estuviera en el propio conocimiento, como si en vez de descender del mono ahora descendiéramos de Odín, como si un vaso con sal en la ventana fuera la clave de nuestra felicidad.

Es alucinante que, pese al poco tiempo que dedicamos a sincerarnos con nosotros mismos y con los demás, también decimos que hay gente a la que conocemos perfectamente, que a tal y cual persona la conocemos al milímetro, que nunca nos va a sorpender, que la concocemos, efectivamente, como a nosotros mismos… Como nos faltan conversaciones de verdad con los demás y con nuestro interior, todo funciona con suposiciones y etiquetas con las que hacemos auténticos malabares con tal de que encajen en nuestro esquema mental (que no en la realidad). Y así, nos convertimos en desconocidos que dicen conocer a la perfección a otros que son, a su vez, desconocidos de sí mismos.

Disfruto de pocas excepciones en las que las personas se relacionen de verdad, con sus distancias a veces, pero sin filtros, sin falsas costumbres… Esas extrañas relaciones que llegan a ser una fuente de autenticidad, de vida, que dan sentido al hecho de haber nacido. Da igual el parentesco, da igual la sangre, por supuesto el sexo es indiferente, lo importante es poder decir que has llegado a tener relaciones de verdad.

La vida es demasiado corta y yo no me conformo con vivir en la superficie aunque sea la tónica general. Me siento con gente allegada e intuyo que tienen problemas con sus parejas, con sus hijos, con sus padres… Tienen problemas de depresión, de vivencias no resueltas, de caminos cortados, de heridas infectadas de tanto taparlas… Pero estamos hablando del tiempo. Del puto tiempo.

Y el tiempo, precisamente, también se va. Y, salvo contadas excepciones, estoy pasando por la vida rodeado de desconocidos, de desconocidos demasiado cercanos, figurantes en una sociedad cada vez más sofisticada en su incomunicación.

Ese es el triunfo de los muertos vivientes que atravesamos; zombis preparados con un paraguas para la lluvia y una sombrilla para el sol. Todos dispuestos con sus conversaciones de molde bajo el brazo mientras, por dentro, seguimos enterrando lo que somos. Lo importante, mientras, es flotar, dejarse llevar por la corriente, creer que estamos bien iluminados, sonreír y conseguir más de 350 amigos sonrientes.

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