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Vengo de una gran ciudad, de una capital de cemento… Y ahora me encuentro frente a esto… No es de extrañar que, en el camino entre uno y otro mundo, haya sufrido tanto vértigo.

Después de todo, he sido como un funambulista atravesando el cielo entre un gran edificio gris y una gran montaña verde.

Ahora, tras terminar ese inestable trayecto, me bajo de la cuerda y respiro sobre la hierba… Y miro atrás y compruebo, aliviado, en qué lado estaba el abismo…

Confieso que he tardado bastantes semanas en publicar estas primeras líneas que comencé a escribir en aquel primer momento. Esas líneas que ahora continúo con estas palabras que forman el diario de mi primer libro.

Mi libro, una “criatura” que, curiosamente, tiene un diario sin haber ni si quiera nacido. Pero, bueno, en esta tierra de los milagros cotidianos todo es posible.

Por eso, independientemente del resultado, es un privilegio que este primer libro germine en semejantes brazos. Una cuna de raíces profundas donde soy mecido por el silencio y despertado por su música, donde el río limpia mis heridas y su agua me da de beber, donde espero las olas flotando en su belleza y su fuente de vida, donde escucho los sabios árboles y la hierba me sustenta…

No existe una generosidad semejante a nuestra Naturaleza.

Pero no todo ha sido luminoso, ni mucho menos… De hecho, han pasado dos meses hasta que he podido publicar estas líneas porque en la naturaleza de la soledad, a veces, también está el infierno más desbordante e insoportable.

Porque, cuando transitas en esta oscuridad del abandono, si tienes grietas insondables en la infancia es inevitable acabar cayendo en ellas.

Pero el infierno ya forma parte de otra página que espero sacar pronto del fuego…

Vengo de una gran ciudad, de una capital de cemento… Y ahora me encuentro frente a esto… No es de extrañar que, en el camino entre uno y otro mundo, haya sufrido tanto vértigo.

Después de todo, he sido como un funambulista atravesando el cielo entre un gran edificio gris y una gran montaña verde.

Ahora, tras terminar ese inestable trayecto, me bajo de la cuerda y respiro sobre la hierba… Y miro atrás y compruebo, aliviado, en qué lado estaba el abismo…

Confieso que he tardado bastantes semanas en publicar estas primeras líneas que comencé a escribir en aquel primer momento. Esas líneas que ahora continúo con estas palabras que forman el diario de mi primer libro.

Mi libro, una “criatura” que, curiosamente, tiene un diario sin haber ni si quiera nacido. Pero, bueno, en esta tierra de los milagros cotidianos todo es posible.

Por eso, independientemente del resultado, es un privilegio que este primer libro germine en semejantes brazos.

Una cuna de raíces profundas donde soy mecido por el silencio y despertado por su música, donde el río limpia mis heridas y su agua me da de beber, donde espero las olas flotando en su belleza y su fuente de vida, donde escucho los sabios árboles y la hierba me sustenta…

No existe una generosidad semejante a nuestra Naturaleza.

Pero no todo ha sido luminoso, ni mucho menos… De hecho, han pasado dos meses hasta que he podido publicar estas líneas porque en la naturaleza de la soledad, a veces, también está el infierno más desbordante e insoportable.

Porque, cuando transitas en esta oscuridad del abandono, si tienes grietas insondables en la infancia es inevitable acabar cayendo en ellas.

Pero el infierno ya forma parte de otra página que espero sacar pronto del fuego…


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