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Me sigue resultando extraño entrar en este viejo y destartalado hogar repleto de historias tan bellas y tan oscuras, en este espacio con aspecto medio abandonado donde la vida y la muerte han estado tan presentes.

Pero entro de nuevo en la casa de mi madre donde, por circunstancias de la vida, he tenido que volver a vivir desde hace poco. Y atravieso el vestíbulo, me reflejo en sus enormes espejos, contemplo de nuevo sus quince metros de pasillo, el suelo de madera carcomida, la gran altura de sus techos…

Tal y como me ocurre a mí mismo, hay algo en ella que a los niños les aterra y les fascina al mismo tiempo. Entrar en ella es como penetrar en un barco hundido cuya carcasa cede en parte pero cuya esencia resiste duramente a la humedad del tiempo. Aquí el segundero imparable parece detenerse en una especie de reloj oxidado, en una cubierta de polvo, de libros deshilachados y de imágenes de tiempos lejanos.

Siempre me han repelido las casas asépticas, sin libros, sin fotos, sin recuerdos… Esas portadas de revista donde la comodidad y la ausencia de vida se llevan tan bien, esos escaparates de usar y tirar, esas confortables morgues donde toda huella de la vida real es frotada hasta desaparecer.

Foto de Javier Aymat

No es de extrañar porque yo me crié en el polo opuesto, en esta nave sumergida en la que sus once habitantes fueron viviendo y dejando sus vidas. Me crié en las tripas de un lugar perdido y, desde entonces, me fascinan los lugares abandonados y todas las huellas del tiempo, de la vida, incluso de la ausencia que van reviviendo en ellos.

Y en esta casa a la deriva escribo estas palabras porque, entre todos los documentos que flotan por aquí, he encontrado la primera historia que escribí hace ya muchas Navidades. Es fácil detectar en ella que el estilo es el de un niño que empieza a dejar de serlo (proceso que en verdad nunca he finalizado).

Aunque tuve muchos momentos alegres, no fui un niño feliz y supongo que eso, visto desde mi adolescencia, también empezaba a notarse. Hablando de ausencias notables, mi padre no aparece por ningún lado, como no podía ser menos. Aunque, por desgracia (al menos para mí) sí estaba por allí sembrando mis terrores.

Supongo que no tiene cabida porque la Navidad siempre fue uno de los oasis junto a su opuesto el tiempo, el verano, donde la magia se convirtió en una burbuja donde respirar momentos de plena felicidad. El Nacimiento acabó por resquebrajarse pero, pasados los años, he conseguido reparar mi vida lo suficiente como para contemplarlo como un simple accidente del tiempo, como quien observa con serenidad un naufragio donde quedan ciertas vivencias flotando.

Desde esa primera adolescencia empezaba ya a ver la caída inevitable, el desmoronamiento de mi entorno, el fin de la fantasía y, por ende, de la Navidad. Por otra parte, esta historia tiene como eje los regalos de Reyes pero no es una historia basada en el consumo. La verdadera magia no estaba en los juguetes sino en los seres mágicos que nos los traían (en este caso, mi madre).

De hecho, hay detalles de esta historia que muy difícilmente se podrían repetir ahora sin que algún empleado fuera despedido. Aunque es evidente que el consumismo ya estaba muy instaurado, no existía todavía esa fiebre que se está llevando a la humanidad por delante.

Mi hermana Bea

Esta casa donde escribo todo esto es la protagonista de fondo, un decorado fundamental para comprender la historia, empezando por su puerta trasera, vieja, rajada, robusta y en parte cedida, que Dostoyevski o Tarkovsky hubieran deseado plasmar en muchas de sus obras.

Mi madre tiene ya muchos años y tiene bastante en común con esta casa en la que lleva viviendo desde niña. Me tuvo a mí siendo muy mayor y, de hecho, los desconocidos solían pensar que era mi abuela. Sin embargo, sigue teniendo la enorme facultad de saber contar historias.

Su expresividad, su extrema sensibilidad y su pasión por la vida quedan plasmadas en ellas y, esta en concreto, es una de las que ella más veces contaba.

Es una pena que conforme se haya hecho una anciana, la gente le haya escuchado menos y que las prisas, la rutina, la urgencia pasen de largo sin detenerse ante sus fascinantes vivencias. Así que, aquí me detengo, junto a esta historia que, en gran parte, también es suya…

Cuando apenas empieza a respirarse el aroma de esta época, viene a mi mente el recuerdo de aquella Navidad tan diferente. EL recuerdo de algo que ocurrió en una edad cada vez más nublada por el tiempo. Algo que, sin embargo, creo que para mi madre permanecerá siempre tan claro como el mismo día de ayer.

Algunos se quedan indiferentes, pero yo disfruto al descubrir una visión nueva mientras repaso cada momento. Y entre lo que disfruta mi madre contándolo y las imágenes que me quedan de todo eso, la historia vuelve a surgir…

Mamá había salido aquella noche tan fría a comprar los regalos de todos nosotros, sus ocho hijos. El caso es que se llevó tal disgusto al ir a pagar y no encontrar la cartera, que los propios encargados insistieron en que se llevara algún juguete y que ya lo pagaría cuando pudiese. No en vano, se trataba del dinero ahorrado desde hacía muchos meses. Así que, totalmente hundida, les contó  a mis hermanos mayores lo que había ocurrido. Para nosotros, los más pequeños, debería permanecer, al menos de momento,  en secreto.

Siempre he pensado que ella gozaba de todos estos momentos incluso más que nosotros; después de colocarnos por orden de menor a mayor, con lo cual yo era el primero, íbamos abriendo, cada vez uno, todos los regalos. No recuerdo nada que hubiera pedido y que no me trajeran. Había coches con alarmas, bocinas, luces por todos lados, muñecos con sus bombas y sus hospitales, muñecas que se hacían pis y caca, que reían y lloraban, barcos, castillos para construir y catapultas para destruirlos… Así era difícil no creer en los Reyes Magos.

En una familia humilde como la nuestra, ella era la primera que debía creer en ellos para poder llegar a tanto. Pero, como ella misma cuenta, todos los sacrificios eran recompensados cuando contemplaba la cara de ilusión de cada uno de nosotros abriendo los regalos.

Poco a poco se iba acercando el seis de enero. Me imagino la media sonrisa de mi madre cuando nos agolpábamos para repasar con ella las Cartas, para recordarle que ya no queríamos algo y que ahora preferíamos aquello otro. Pero ella sabía que pronto, demasiado pronto para algunos de nosotros, los Reyes debían dejar de existir.

Y los días fueron pasando con las visitas de familiares, comisarías, tristeza, turrones prestados y un hombrecillo que encontró la cartera y que entró por la destartalada puerta de atrás. La cartera estaba manchada de barro negro y, por supuesto, sólo habían dejado la documentación.

Cualquiera que entra en mi casa se encuentra a gusto por el simple hecho de que pasa desapercibido en medio del caos. Es muy fácil sentirse uno más. Era fácil, como hizo aquel hombrecito con cara de buena persona, simplemente tomarse algo y dedicarse a contemplar el continuo fluir de todos nosotros. Finalmente se levantó y, sin apenas despedirse, se fue sin aceptar ni siquiera las monedas de una vieja hucha.

La mañana siguiente, ya en el día de Reyes, mi madre bajó a dar una vuelta al parque con algunos de nosotros. Aún no tenía claro lo que nos iba a decir. Cogió el correo del buzón y subimos las escaleras. Justo al llegar a casa se le iluminaron los ojos al ver que, entre las cartas y los Christmas, había un sobre grueso que ponía “Un tropiezo en la vida lo tiene cualquiera”.

El dinero era importante pero mi madre dice en ese momento fue lo de menos, que lo que realmente hubiera querido en ese momento era abrazar a ese hombre, a ese pequeño puñado de esperanza.

Aquella fue la primera vez que vi llorar a mi madre y a mí me gusta pensar que fue la última.

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